Sobre mí

Sinceramente, no sé muy bien quién soy, o cómo soy, porque mi naturaleza cambiante me lleva a recorrer caminos que de vez en cuando se pierden en tierras pantanosas, otras se convierten en callejones sin salida, y a veces, muy de vez en cuando, veo la luz al final de una senda que me hace seguir adelante y no perder la esperanza en que el ser humano es capaz de aprender de sus errores.

Soy incansable, eso sí, hiperactiva e hiperreactiva, lo que me impide quedarme inmóvil observando lo que pasa a mi alrededor. Como poco, debo estar presente, hacer ver que eso que me resulta curioso, injusto, bello o despiadado está pasando realmente. Necesito visibilizarlo, darle un significado, un nombre, y hacerlo entendible para aquellos ojos que todavía no se han atrevido a mirar a través del cristal de la crítica y la reflexión.

Como antropóloga, he intentado deconstruir todo aquello aprehendido a través de una socialización que en mi caso fue un tanto curiosa, bastante solitaria y autodidacta, sin demasiados referentes que me ayudasen a entender el mundo.

Mi motor durante todos estos años ha sido mi curiosidad, mi negativa a aceptar las respuestas que me ofrecía una realidad gris y sin sentido. Las conductas estereotipadas, normalizadas y reafirmadas por una estructura social bastante despiadada, me han resultado siempre como chinchetas en las sillas en las que me he ido aposentando, impidiéndome encontrar un lugar cómodo para quedarme.

Y con el tiempo me di cuenta de que no todo el mundo nota esas chinchetas. Que hay gente a la que le resulta cómodo y fácil adaptarse al traje que se le asigna al nacer, y que no tiene necesidad de desnudarse para mirar qué hay debajo. Y eso es lo que me resultó más curioso, inquietante y totalmente fascinante. El por qué hay personas que necesitan entender, y otras simplemente aceptan lo que se les ofrece.

La antropología me ha enseñado, que las cosas no son lo que parecen. Que la realidad se transforma mágicamente dependiendo de la mirada que la observa. Que los seres humanos son, ante todo, fascinantes por su capacidad de transformación. Y de ahí una rebeldía que me aleja de la norma, que me protege cual vacuna ante un virus cada vez más extendido y altamente nocivo: el conformismo.

Soy como soy gracias y a mis experiencias, que me ayudaron a encajar las piezas de un puzle que sigue día a día sorprendiéndome. Experiencias dispares, complicadas en muchos sentidos, pero también altamente gratificantes. Me considero afortunada por todas esas enseñanzas que me han permitido entender que no hay una sola realidad, sino que hay millones de mundos que se construyen a cada momento desde la mirada de cada ser humano. 

Escribo para mí, y para ti que me lees en este momento, ya que algo de curiosidad te ha traído hasta aquí, y eso siempre es digno de celebración.

 

Una Antropóloga Rebelde.